| REFLEXIONANDO SOBRE LA ENERGÍA. POR FRANCISCO CARRASCAL |
|
|
|
|
Sin embargo, este nivel de bienestar no se ha conseguido gratis. En buena medida se ha sustentado en un consumo de energía muy elevado con un inevitable coste ambiental. No es conveniente olvidar que la mayor parte de la energía que empleamos para el transporte, la industria o la vida diaria está basada en el consumo de recursos no renovables, de difícil o imposible reposición.
Así, no es exagerado el afirmar que como consecuencia de elegir el modo de vida que hemos elegido el grado de deterioro medioambiental está llegando a cotas poco recomendables, ejemplificadas con claridad manifiesta en todo lo concerniente a las transformaciones que el planeta está experimentando como consecuencia del Cambio Climático. Y por ello, en este mundo mediático en el que nos encontramos, parece especialmente adecuado tener cuidado con los más que irresponsables pronunciamientos de los negacionistas. Colectivo de opinadores que intenta echar por tierra los conocimientos científicos, así como desmentir al aluvión de pruebas que indican, sugieren o confirman que la acción humana está detrás de cambios globales en el sistema atmosférico y climático. Una de las premisas básicas que aportan a la mesa de la confusión es la propuesta de sustitución del paradigma energético basado en el carbono por el paradigma basado en la energía nuclear. En primer lugar, es preciso recordar que los costes ambientales y para la salud de las personas pueden llegar a ser tremendamente elevados con esta opción energética en caso de problemas. Pensemos en el riesgo de atentados o en los accidentes nucleares, de los que el de Chernóbil fue el ejemplo más grave y mejor conocido, pero no el único. No están resueltos los aspectos que tienen que ver con la seguridad de las centrales y mucho menos de sus residuos, sobre todo de los de alta intensidad, que siguen “descansando” en las mismas centrales nucleares que los generaron. No es exagerado decir, tampoco, que la nuclear es una tecnología sucia por otros motivos, pues toda la actividad asociada a ella es generadora neta de emisiones de CO2 en grado importante. Y por si fuera poco, además es una fuente de energía cara para el consumidor, al precisar de importantes subvenciones estatales para que sean “rentables”, no en vano los ciudadanos pagamos en nuestra tarifa eléctrica la gestión de los residuos radiactivos que se generan en nuestro país, inflándola de manera apreciable. Ante la urgencia de actuar rápido para prevenir los efectos del calentamiento global (antes de los próximos 15 años según los últimos pronunciamientos científicos) resulta una clara falacia la opción de esta opción energética, pues es sabido que la puesta en marcha de una central nuclear requiere entre 8 y 10 años, necesitándose miles de ellas -a nivel mundial- para sustituir la demanda actual de consumo eléctrico. Simplemente, aunque la eligiéramos como fórmula de rescate, no habría tiempo para adecuar el sistema energético a los nuevos esquemas de funcionamiento. Obstaculizando, como efecto secundario pernicioso, el desarrollo en la implantación de las renovables en el panorama global. Después de todo esto hay un argumento más a favor de lo No Nuclear, el puramente pedagógico. Educar en el cambio de modelo de consumo de recursos naturales, de los que los energéticos son los más críticos, implica insistir en el hecho de que la opción óptima no puede ser seguir consumiendo energía de manera irresponsable, sino que más bien debe hacerse teniendo en cuenta el hecho de que los recursos disponibles son finitos y que la responsabilidad debe ir de la mano de la austeridad y del convencimiento de que el futuro de nuestra sociedad y nuestra civilización tendrá que dirigirse hacia el consumo responsable. Llegados a un determinado extremo de abuso en el despilfarro energético y menosprecio de las reglas del juego de los sistemas naturales, nuestra actitud, como individuos y como sociedad, está condenada a cambiar. Es una actitud peligrosa, por no decir suicida. Conducidos en el desempeño de actos irresponsables, hemos tratado al planeta como si éste fuera un pequeño animal en manos de unos niños malcriados, que no entienden que el objeto de sus juegos no es de su propiedad, que tiene sus propios derechos, que es sensible, y que llegados a un determinado extremo no tiene repuesto. Estamos cumpliendo con creces el mandato bíblico que aparece en el libro del Génesis de "Procread y multiplicaos, …., sometedla [a la Tierra] y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra". Es sugerente pensar que de interiorizar en el subconsciente colectivo esta máxima procede en buena medida nuestra asimétrica relación para con lo natural. Sin embargo, las crisis -cualquier tipo de crisis- pueden ser entendidas como procesos y momentos en los que se pueden reconducir situaciones inadecuadas, incómodas o negativas en situaciones adecuadas, cómodas y positivas. En el momento presente asistimos a una crisis financiera, pero también social y, no cabe duda, que ambiental. En este complicado marco, el ahorro energético cobra un especial significado. Ahorrar recursos y ahorrar energía parece, pues, una fórmula adecuada para conseguir solventar una situación de cambio -excelente sinónimo de crisis- en el ámbito de lo ambiental y de lo económico, también de lo social. Si bien no existen fórmulas mágicas, sí existen líneas maestras. La senda, pues, debe marcarse en el sentido del ahorro, la eficiencia energética y la implantación progresiva de las energías renovables. Si no se asume nuestro papel como especie en él, si no acudimos a las nuevas realidades de un mundo en efervescencia comunicativa y social, si no entendemos que las soluciones a los problemas deben venir de los que los generamos y que debe hacerse reinventándonos, entonces corremos el riesgo de que se cumpla la terrible sentencia de considerar a la incertidumbre como el mayor de nuestros males hasta que la realidad nos demuestre lo contrario.
|